viernes, enero 05, 2007

Don DeLillo

La muerte es el gran tema de mis novelas. Lo domina todo, sea de forma explícita o velada, aunque esté agazapada en un rincón. La creación de lenguaje es un acto de fe en virtud del cual el escritor busca trascender lo ordinario; a la postre, eso se traduce en un intento de trascender la muerte.


Desde un principio asumí que ser escritor implicaba tratar de comprender el hecho de que vivimos en tiempos peligrosos. En esencia, el sentido de mi trabajo no es otro que afrontar ese reto. Todavía no me había formado como escritor cuando tuvo lugar un acontecimiento histórico que me marcó: el asesinato del presidente Kennedy. Las consecuencias de aquella acción violenta hicieron mella en la cultura de nuestro tiempo: suspicacia, miedo, paranoia, la sensación de que el curso de la historia está en manos de fuerzas ocultas. Mis novelas recogen los ecos del impacto de aquel hecho emblemático. Si tachar a Lee Harvey Oswald de terrorista es adecuado o no, es cuestión de terminología. Lo que no se puede negar es que su acción desencadenó un sentimiento de terror colectivo que impregnó la cultura. El novelista es testigo del terrorismo y tiene que responder. Por otra parte mi escritura tiende a ser violenta, no sabría explicar muy bien por qué.


No hay comentarios: